Cuando salimos de la Mezquita Azul después de visitarla por primera vez, Daniel dijo que esta ciudad es perfecta para todo aquel que en algún momento se crea más de lo que en realidad es él mismo. Esta ciudad es perfecta para bajarle los humos a cualquiera. Aquí todo es grande, todo a lo bestia. He tenido la fortuna de haber visitado varias de las más importantes capitales europeas, pero sin duda alguna me quedo con Estambul. No sé explicar que fue lo que tanto me gustó, era simplemente cierta sensación de tranquilidad infinita…
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Llegué el 25 de julio de 2006 en la madrugada después de pasar ocho horas de escala en el aeropuerto de Malpensa, en Milán. Tenía previsto esperar cinco pero, por alguna extraña razón, todos los vuelos que iban a los Balcanes y Asia Menor se retrasaron. Supongo que será así cada noche. Para el billete de avión, la única recomendación que me veo capaz de dar es la de comprarlo con mucha antelación, sin embargo tampoco creo que sirva de mucho. Para ir a Estambul estamos siempre en manos de líneas caras.
Llegué muy tarde en la madrugada, aunque un turco en Milán me había recomendado, por seguridad, dormir en el aeropuerto hasta que amaneciera. A pesar del retraso, Daniel aún me esperaba en el hall del Cordial House Hostel (un hostal adorable y muy recomendable en la zona de Sultanahmed, en el que se puede dormir por menos de 20€ – para reservaciones haz click aquí), hablaba con Nicolai, un búlgaro gracias al cual sobrevivimos una semana en Sofía.
¿Recomendaciones para el visitante? No se que decir. Llegó un momento en el que Daniel, Krystle, Marcela y yo comprendimos que teníamos casi una rutina todos los días, quizás esta no tenía sentido alguno pero, como en todo, el viaje va por dentro. Esta rutina consistía, principalmente, en caminar. Caminar mucho. Empezábamos siempre igual (bajábamos en la mañana por Yeniceriller Caddesi siguiendo la ruta del tranvía y pasabamos por la Mezquita de Sultanahmet – mejor conocida como la Mezquita Azul – y Ayasofya, para caer finalmente, después de comer algo cerca de la estación de Sirkeci – de donde parten los trenes para el resto de Europa -, en el puerto de Eminönü, desde donde podíamos tomar un transbordador para el lado norte de la zona europea o hacia la llamada parte asiática). Utilizar los transbordadores es en mi opinión la mejor opción (y en ocasiones, la única viable). Son rápidos y resulta muy seductor viajar por el Bósforo.
Sobre el resto de los trasportes de la ciudad (taxis colectivos, trenes subterráneos, el funicular, autuobuses…), decir que no los opera una sola compañía y que es un lio increíble. No me veo capaz de explicarlo, pero si lo fuera me daría un poco de… reparo. Hagan como nosotros. Pregunten cada vez que quieran ir a un sitio. Con un poco de suerte tendrán un nuevo amigo.
Esto último nos pasó al día siguiente de yo llegar. Después de hacer el paseo matutino y volver un rato al hostal, por iniciativa de Daniel nos lanzamos a la calle a buscar el estadio del Fenerbahce para ver un partido de la previa de la Champions contra el campeón de la liga de las Islas Feroe. No teníamos ni idea de nada y decidimos preguntar a unos chicos que iban con la camiseta del equipo. Además de comprarnos la entrada, nos quedamos en la casa de Je
em un par de noches y siempre ibamos en compañía de Volkan, un auténtico kemalista orgulloso de que en poco tiempo iba a hacer el servicio militar. Sobre el partido de fútbol tengo que decir que ha sido una de las experiencias más terroríficas de toda mi vida. Abandoné el estadio en el descanso, muerto de miedo después de que me callera una bengala en el pantalón y que una avalancha de gente casi se nos cae encima para quedar aplastados. Era una locura, en un partido de la previa de la Champions contra un equipo casi amateur en el estadio no cabía un alma. Para colmo, nuestros amigos resultaron ser de la una de las gradas chungas, donde había gente con complejo de director de orquesta que en ningún momento veía el partido. Estaban siempre de espaldas a lo que pasaba en el campo para dirigir los cánticos incluso cuando había un gol. Entonces, en lugar de celebrar, dirigian la celebración. Manolo el del bombo es un pendejo en comparación a éstos.
Con Jeem y Volkan conocimos la famosa estampa de Ortaköy que sale en los anuncios de Turismo de Turquía en el Metro de Madrid. Un lugar agradable, con terracitas perfectas para fumar shisha y tomar té (mis debilidades eran los de rosas y de limón). Con ellos también empezamos a descubrir las divisiones maniqueas que algunos han logrado plantar entre modernos y atrasados.

